domingo, 14 de agosto de 2011

El granjero y el maíz


El granjero y el maíz


Era una  muy hermosa, rodeada de árboles de jigua, chicharrón, motilón y miles de chaparros que en el mes de mayo florecían brindando un aroma que en otros lares del universo jamás se percibían.
Durante los veranos, en las madrugadas frías, los mirlos y los gorriones entonaban muy alegres sus cánticos anunciando la llegada de las cosechas.
En los matorrales, las tórtolas y las torcazas anidaban con abundancia ofreciendo a los niños campesinos el deleite de la recolección de  frescos y de delicados pichones para satisfacer tan exigentes paladares.
De ves cuando se veía cruzar muy veloz al chucuri vivaz, que iba tras la presa favorita o que se escondía del cazador.
Cuando eran las tres de la tarde, al escuchar el bullicio de las bandadas de loros que hacían retumbar el silencio de la granja tranquila y apacible, el granjero gritaba: carajo . . . ya vienen los loros . . . . . guambras, corran a espantarlos …. Que estos bandidos van a acabar con la sementera de choclos.
Los bulliciosos loros, vestidos con trajes elegantes, de verde, rojo, azul y plomo, visitaban las sementeras de maíz, para ver que los choclos estén de cosecha para servirse el plato favorito en  de la algarabía.
En aquella granja, tan generosa por la fertilidad del suelo, el granjero y su esposa sembraban y cosechaban de todo; pero lo que mas cultivaban era el maíz  con cuatro y seis mazorcas muy grandes en cada caña. Es que, el maíz lo utilizaban para todo: hierba para la alimentación de los animalesdomésticos, los toctos y las cañas para los chanchos; los choclos tiernos y frescos para saborear y completar la ración alimenticia diaria para la familia y para los trabajadores que tenían el rango de peones. Cuando maduro y seco, al maíz lo guardaban para todo el año y lo utilizaban preparando el mote que nunca faltó en la  o el maíz tostado en tiesto de barro para acompañarlo con un vaso de leche fresca de vaca. Pero también servía para hacer harina y amasar las deliciosas tortillas con abundante queso coloreado con  o también para elaborar la deliciosa colada de harina de maíz bien sazonada con sal o con raspadura.
Cuando llegaba la cosecha, las sementeras de maíz se convertían en escenarios de verdaderas fiestas: conversaciones en alta voz de los peones; rizas y carcajadas de  coquetonas; gritos y silbidos del mayordomo dando órdenes en el trabajo; sonidos de cañas y hojas secas y resquebrajadas para la recolección de mazorcas.
Un determinado , el granjero que constató que la cosecha era buena, ordenó: recojan únicamente las mazorcas grandes y sanas; las mas pequeñas e incompletas, sobra de loros, guiracchuros y ratones de monte, dejen colgadas en la calchas secas, para ración segura de pájaros hambrientos y para los pobres aldeanos que recojan la chala.
Por el fruto recolectado de las primeras cosechas, el granjero y su esposa estuvieron muy felices, debido a que, a decir de ellos, fueron premiaros por eltrabajo abnegado. Su esposa exclamó : ¡Demos gracias al Todo Poderoso y a nuestra madre naturaleza, paguemos a los peones con grandes raciones de mazorcas, con abundante comida y hasta con ricas golosinas, llenemos los soberados y los trojes con las mejores mazorcas!
Él, por su parte dijo: Hay que seleccionar las mejores mazorcas para las próximas siembras y guardarlas con toda la hoja colgadas en guayungas para que no se infesten de gorgojos. Todo es ocurría mientras la pareja disfrutaba de una noche clara de luna llena, de cielo despejado, con abundantes estrellas que juguetonas volaban de un lado a otro para esconderse en el inmenso firmamento de verano.
Luego, orgulloso señaló: unas pocas latas de maíz servirán para venderlas y con el dinero comprar una o dos paradas, para bien vestidos asistir a la misa dominical del pueblo o ir de compras a la plaza, y por supuesto para lucir muy futres en la única fiesta del año: el carnaval, que es una ocasión de deleite y de derroche.
Acto seguido la esposa expresó: hay que guardar el maíz mas delgado para alimento de las gallinas durante el invierno y para engordar los chanchos para obtener la carne para el banquete que se hacen en la siembra, la deshierba y en el aporque de las chacras que es una parte del ritual sagrado del maíz.
Pero llegó un día, en una de aquellas exuberantes cosechas, en que el inquieto granjero se puso a mirar, que luego de la jornada diaria, las mujeres humildes de la vecindad, algunas con sus niños de pecho a la espalda, muchas de ellas esposas de los peones, chalaban algunas mazorcas de maíz dejadas con ese propósito; y, con una ira incontenible, fruto del egoísmo, con gritos, insultos y actitudes descomedidas, mezquinó el sobrante de la cosecha que era ya una costumbre instituida en aquella granja generosa; ordenó al mayordomo que vigile que no dejen una sola mazorca en el campo por más pequeña que sea.
En ese año el granjero y su familia, llenaron trojes y soberados de tanto maíz recolectado que se pudrió por la humedad del invierno prolongado. Hasta el momento no se saben los motivos por los cuales las gallinas dejaron de poner los huevos a pesar de no faltarles el maíz como alimento predilecto. En ese invierno llegó la peste que enfermó a chanchos causando la muerte masiva. La fiesta de la siembra del maíz ya no tuvo el ritual acostumbrado con la ración abundante y generosa de las siete comidas y de la copiosa carne de chacho y de gallina. Y desde ese entonces las cosechas abundantes se han convertido en miserables y limitadas recolecciones de mazorcas diminutas, podridas e infestadas por gorgojos.
Como el suelo ya no producía, el granjero tomó la determinación de ampliar el espacio para el cultivo y ordenó a los peones a que talen árboles y chaparros, que quemen todo lo que encuentren a su paso y que siembren todo lo que puedan de maíz. Pero todo esfuerzo fue en vano, ya que invadieron las plagas a las sementeras: los chirotes sacaban las plántulas recientemente germinadas. Las enfermedades de las plantas del maíz eran cada mas fuertes. Las bandadas de los loros eran cada vez más pequeñas, pero más hambrientos; pocas plantas florecieron para adornar el ambiente y el paisaje se ponía más triste y desértico. Nunca más se vieron a las traviesas ardillas saltar de rama en rama llevándose con dificultad las mazorcas gigantes. Jamás se escucharán a las cigarras anunciando la llegada de las cuatro de la tarde y pregonando la hora del fin de la jornada; ni a los grillos, entonar sus violines en el anochecer.
El granjero y su mujer constataron que los conejos de monte, vestidos de traje obscuro, perdieron el brillo intenso de sus ojos, que ya no tenían en donde esconderse de los galgos flacos y hambrientos que también perdieron sus golosinas en los choclos frescos y tiernos de aquellas sementeras tan grandes y productivas.
Hoy, las pocas aves que quedan, cantan afónicas tristes melodías, recordando con melancolía tan alegres y lejanos días.
Los ratones colorados de campo, a los graneros han invadido; los gorgojos pululan en los trojes vacíos y el hambre de la humanidad es noticia de todos los días.
Pero un día en el suelo ya desértico, un enorme maíz creció y se petrificó, y, cuando el sorprendido granjero fue a verlo, con voz ronca de ultratumba le replicaba fuertemente: La ambición es pecado que lleva a la agonía, que en vez de abundancia, hay escases todos los días, ya no habrá mas el abundante mote caliente con raspadura y queso tierno para saciar el hambre de visitantes y caminantes como en antaño.. . . . los tiempos buenos han quedado para el recuerdo y las tardes serán una agonía.

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